lunes, 18 de febrero de 2013

RESPONSABILIDAD



ACTITUD CIUDADANA ANTE LAL PROBLEMÁTICA SOCIAL.

 

La participación social es un elemento definitorio del Trabajo Social desde  sus inicios. La finalidad de la profesión  se encuentra  enraizada en un conjunto de valores fundamentales  entre los que destacan los de-rechos humanos y sociales, la justicia  social, la autodeterminación,  la normalización  y  la participación  activa  de  las personas  con  las que trabajamos.

La preocupación del Trabajo Social por la participación ha sido una constante,  situándose  el  dilema  principal  en torno  a decidirse  por un Trabajo Social que asume la responsabilidad directa en la resolución de los problemas sociales, o bien, con un enfoque centrado en el proceso, orientado a movilizar a la gente para que ésta resuelva las situaciones de dificultad.  Esta última perspectiva  implica considerar al sujeto-cliente como ciudadano, con  capacidades y potencialidades para resolver  las dificultades propias y las de su entorno, situándose el trabajador  social no como agente principal sino como sujeto activo que favorece transac-ciones humanas valiosas, orientadas a la autonomía de la persona y al desarrollo humano.

La reflexión  en torno a los principios y valores que orientan la prác-tica comunitaria desde el Trabajo Social nos conduce al diálogo, al con-senso, al reconocimiento de la particularidad, a la identificación  de las personas y los grupos sin representación ni voz, a la capacidad de captar lo sensible, lo invisible, a la capacitación, a la promoción de la partici-pación ciudadana para el cambio de las estructuras y dinámicas exclu-yentes y violentas, en definitiva,  a crear contextos y condiciones  para que los ciudadanos sean capaces de elegir y adquieran poder acerca de los asuntos que les conciernen. La autodeterminación,  la independen-cia y la autonomía son, por tanto, los tres valores que orientan  la inter-vención comunitaria desde una perspectiva participativa y capacitante.

En la actualidad, el Trabajo Social Comunitario, desde una perspec-tiva de desarrollo  humano, requiere  integrar  dos aspectos: a) el inter-culturalismo y  la tolerancia-compromiso ante la diversidad  de grupos minoritarios existentes y b) el fortalecimiento  de colectivos y territorios que presentan inferiores accesos a los procesos de influencia en las de-cisiones públicas y de representación en organizaciones sociales. La par-ticipación puede variar en un continuo  desde el puro  simbolismo  a la integración completa en todas las fases de los procesos de decisión. Contestar  al para  qué,  cómo,  cuánto  y cuándo  (definición  de ne-cesidades,  priorización,  determinación  de  estrategias  y  objetivos,  se-guimiento  y  evaluación)  integremos  la participación  ciudadana  en  la toma de decisiones es determinante en el modelo y la perspectiva de la intervención  comunitaria La participación como proceso implica, en coincidencia con Gaitán (2003): 1) querer, es decir, que los habitantes tomen conciencia respec-to de sus problemas y la comprensión de los aspectos que los explican; 2) saber, es decir, reconocerse con capacidades y comprometerse para  transformar  la realidad; y 3) poder,  es decir, crear contextos  favorece-dores de la creatividad y la innovación, a través del acceso a la toma de decisiones. De esta forma,  la comunidad deja de ser contexto de inter- vención y destinataria de acciones, para ser protagonista y propietaria de su cambio, como sujeto de acción.

La participación social, portante, es un fenómeno complejo, multidi-mensional e interdependiente que precisa un marco teórico conceptual y contextual de referencia para evitar, entre otras, falsas expectativas en las prácticas participativas desarrolladas desde el Trabajo  Social.

Los  elementos que caracterizan  la participación  comunitaria des-de un enfoque de desarrollo humano y  que contribuyen a diferenciar modelos de intervención comunitaria son, como refiere Alonso (2002), los siguientes:

1.     la función  de la población y de las instituciones. Las instituciones son consideradas actores que deben involucrarse  por    mismas  en  los procesos  de  intervención comuni-taria.

2.    el tipo de objetivos  que  se persiguen.

3.    el método  de trabajo.

4.    el  conocimiento utilizado.

5.    el rol profesional.

6.    el tipo de proyecto.

 

Desarrollo  Programas y Coordinación de Servicios
Grado once
Planificación  Social
Coordinación académica
Comunidad
Ins. ed. Apiay
Desarrollo  Comunitario
Horas sociales
Fortalecimiento Político
Imagen de la Institución
Fuente:
Estudiantes de grado once
Determinado por
Director de horas sociales.

 

Condiciones generales que mejoran el impacto de la participación:

-  Para que  la participación  tenga  éxito, debe haber  desde el  inicio una fuerte motivación ciudadana y política.

-  El debate, la decisión y la acción cara a cara son  fundamentales.

-  La información  debe fluir libremente, de manera multidireccional y rápida.

-  La pluralidad de las formas de participación aumenta la vitalidad.

-  Los sistemas de participación más eficaces son aquéllos que sacan el mayor partido de cada estilo de organización  existente en una comunidad.

-  Las personas y las organizaciones deben conocer con exactitud el papel que desempeñan en el sistema de participación y los límites en la toma de decisiones.

lunes, 11 de febrero de 2013

RESPONSABILIDAD
Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
12a. sesión Décimo: No codiciarás los bienes ajenos
Dios te invita al desprendimiento para que tu corazón sea feliz y no sea un esclavo de los bienes materiales y económicos.
12a. sesión Décimo: No codiciarás los bienes ajenos
12a. sesión Décimo: No codiciarás los bienes ajenos
El enunciado completo dice así: “No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni el siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo” (Éxodo 20,17).

“La codicia rompe el saco”, dice el refrán. La codicia apunta al corazón, inclinado a los apegos.

Este mandamiento apunta al deseo de toda persona a ser feliz. ¿Dónde reside la felicidad? ¿En el dinero, en el tener cosas? Dios con este mandamiento quiere que busquemos la felicidad donde sí la podemos encontrar y no quiere que perdamos lo más valioso que tenemos por buscar tener más y más bienes materiales, que siempre son perecederos y efímeros.

Aunque este mandamiento está formulado en forma negativa, sin embargo entraña un contenido positivo, porque Dios te invita al desprendimiento para que tu corazón sea feliz y no sea un esclavo de los bienes materiales y económicos, sobre todo de esos dos tiranos: la codicia (deseo desordenado de riquezas), y la avaricia (deseo desordenado de conservar las poseídas).

Gracias a este mandamiento, tu corazón será libre y puro para poder amar a Dios con la plenitud que Él ha ordenado; y sabrá poner los bienes materiales en su lugar, como medios -no como fin- para obtener tu propia perfección humana y espiritual, y así conseguir la felicidad que buscas.

Está muy unido al séptimo mandamiento: “no robarás”; al igual que el noveno estaba unido al sexto. Dios no sólo prohíbe al adulterio (sexto) sino también el desear la mujer o el varón del prójimo (noveno). No sólo prohíbe robar o retener injustamente los bienes del prójimo (séptimo) sino también el desearlos, codiciarlos y envidiarlos (décimo). Se trata, naturalmente, de un deseo desordenado y consentido. Eso no quiere decir que sea pecado el desear tener, si pudieras lícitamente, una cosa como la de tu prójimo.

Este mandamiento no prohíbe un ordenado deseo de riquezas, como sería una aspiración a un mayor bienestar legítimamente conseguido; manda conformarnos con los bienes que Dios nos ha dado y con los que honradamente podamos adquirir. Pero sí sería pecado murmurar con rabia contra Dios porque no te da más; y tener envidia de los bienes ajenos. No sacrifiques tu felicidad por nada.

¿Cuál es el valor de los bienes materiales, y cuál debe ser tu actitud ante ellos, para que seas feliz? Es lo que te explicaré. Y para ello me inspiraré en la Sagrada Escritura, que es la Palabra de Dios viva y siempre actual. ¿Quién mejor que Dios para explicarnos el valor de las riquezas?

¿Qué te parece, si vemos estos puntos en la explicación del décimo mandamiento?

I. ¿Qué dice el Antiguo Testamento sobre el uso de las riquezas?
II. ¿Cuál es la novedad y la postura de Cristo ante las riquezas materiales?
III. Atropellos contra este décimo mandamiento.
IV. A modo de resumen.

I. LOS BIENES MATERIALES EN EL ANTIGUO TESTAMENTO


No sé si has leído el Antiguo Testamento. Sé que no es fácil leerlo. Pero algo quiere enseñarte Dios en relación a los bienes materiales, para que te sirvan para tu propia felicidad y no para tu destrucción.

En la época más antigua de la historia de Israel, en la época del nomadismo 54, la propiedad de los bienes era comunitaria o, más exactamente, tribal. La riqueza era exaltada como bendición de Dios y signo de su predilección, relacionada con la fidelidad a la Alianza. Y la pobreza, como maldición divina.

Más tarde, se fue cambiando esta concepción. Surgieron los latifundios, los abusos de los propietarios, los impuestos excesivos, la corrupción de la justicia, y se fue planteando cada vez más la urgencia de la opción entre el rico y el pobre.

Y se dieron en ese tiempo unas normas bien claras: prohibición de la usura y avaricia, obligación de la limosna y del amor compasivo y efectivo al pobre, tutela legal del salario del jornalero. El año jubilar (cada cincuenta años) traía consigo la devolución de la tierra al propietario original y su reposo integral, así como la liberación general de personas y bienes: cada uno volvía a su propio clan y recobraba su patrimonio. Y todos, felices.

Los mismos profetas alzaron la voz contra los ricos injustos, contra la codicia y la avaricia. Te recomiendo que leas en esta clave al profeta Amós y Miqueas. Los profetas criticaban la religión sin ética social que muchos pretendían practicar y recordaban las exigencias ético-sociales de la alianza que Dios había establecido con su pueblo; es decir, riqueza y cumplimiento de las exigencias de la alianza con Dios deben ir unidos para que así pudieran experimentar la felicidad.

Con todo esto, se pusieron en claro unos valores, ya desde el Antiguo Testamento, en relación con los bienes materiales:

  • Dios tiene el señorío universal sobre la tierra: “La tierra es mía y vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes” (Levítico 25, 23). Apunta bien esto, pues no eres dueño, sino administrador de cuanto Dios, tu Dueño, te ha dado.
  • La estabilidad y felicidad de la sociedad está fundada sobre la familia y sus bienes. Tienes que respetarlos.
  • La riqueza deja de ser el bien supremo o el valor preferente... y tampoco es síntoma de bendición divina. No olvides que el bien supremo sigue siendo Dios, y no tanto las cosas de Dios. Y Dios da la felicidad que buscas. No sacrifiques tu felicidad poniendo las riquezas por encima de Dios.
  • La justicia tiene un carácter religioso y hay que integrarla en la fraternidad de los miembros de la comunidad israelita, y extenderla a los forasteros residentes en Israel. La justicia no es una virtud “profana” o “civil”, sino netamente religiosa 55 .
  • Hay que compartir la riqueza con los más necesitados. Si hay pobres y miserables es porque alguien se está comiendo y está usando lo que les pertenece a ellos. Compartiendo tu riqueza, haces felices a otros, que no tienen.
  • La pobreza tiene también un valor religioso, capaz de enseñar al hombre su dependencia radical de Dios: sólo de Dios podía esperar el remedio de sus males. La pobreza se desposa entonces con la humildad. Pobre será el que conforma su vida a la voluntad de Dios y pone toda su confianza en Él (Salmos 94; 17; 34; 86; 104). Pobre no significa miserable. Dios no quiere la miseria, pero puede permitir la pobreza para que nos lancemos a sus brazos con confianza ilimitada. Él te sacará adelante, si eres pobre; y te dará la paciencia para sobrellevarla con dignidad.
  • La riqueza -dirán los libros sapienciales de la Biblia (Eclesiástico, Sabiduría, Eclesiastés)- es buena, pero hay valores supremos a ella; por ejemplo, la amistad, el amor, la paz, la tranquilidad, la sabiduría, la integridad moral. En general estos libros sapienciales no exaltan la pobreza; es más, a veces la ven como fruto de la pereza, holgazanería e indolencia. ¡Cuidado, pues!
  • El libro de la Sabiduría te dice que el pecado entró en el mundo por la envidia del diablo (2, 24). Y san Agustín veía en la envidia el pecado diabólico por excelencia.

    Ya desde el Antiguo Testamento, pues, se inicia un proceso de interiorización de la pobreza que en el Nuevo Testamento será totalmente explícito con el mensaje de Cristo. Este proceso de interiorización será en dos direcciones: en la primera de ellas, se parte de la pobreza como hecho social, y se llega a la consideración de la pobreza como un valor religioso, capaz de enseñar al hombre su dependencia radical de Dios; en la segunda, se parte de la religión como actitud menesterosa y libre ante Dios y se empieza a valorar la pobreza como expresión de esa actitud religiosa.

    Leí este artículo en el suplemento español Fe y Razón del 29 de junio de 2005, titulado “La ligereza del pájaro”, escrito por el cardenal Ricardo María Carles. Me sirve para resumir un poco lo que entraña este décimo mandamiento:

    “Un pequeño pájaro, que no me había visto, se lanzó al borde del agua. Como suelen, antes de beber, miró rápidamente alrededor. Permanecí inmóvil. Bebió brevísimamente y alzó el vuelo. Desapareció rápido entre el monte bajo.

    En las montañas he podido contemplar muchas veces escenas maravillosas de los animales más variados. Pero éste me sugirió unos pensamientos que nunca había asociado a ellos. En acabar de beber y levantar su cabecita, dejándome ver su pecho bermejo –era un pitirrojo - me pareció que decía: «Es suficiente». El pajarillo quedó saciado con unas gotas. Por eso, ante una charca o ante un lago, bebe la misma cantidad. Jamás trata de agotar todo lo que sus vivos ojos alcanzan a ver. Pues no bebe para asegurarse toda la vida. Toma siempre lo que «le es suficiente».

    Tiene la sabiduría de no dejarse tentar por la abundancia. No le inquieta abandonar un lago o campos inmensos de onduladas mieses. Le bastan tres granos de trigo, y… a volar, libre de toda necesidad de acaparar.

    Algunos hombres sufren la esclavitud de la obsesión por la abundancia. Muy duramente criticó el filósofo cristiano Kierkegaard al que «se hace esclavo del comer y del beber, de la riqueza y del dinero, hasta el extremo de ser una maldición para sí mismo, una náusea para la naturaleza y una infección para el género humano».

    Nada tiene que ver ello con las previsiones razonables de futuro. Si «vivir es preferir», como afirma otro sabio y gran cristiano, Julián Marías, en su «Tratado de lo mejor», ¿se puede llegar a vivir humanamente, cuando cada día se está prefiriendo lo que vale menos que uno mismo: lo material, sean bienes, sea dinero?

    El hombre elige constantemente entre posibilidades. Por eso toda mutilación de su horizonte total es ya una inmoralidad, una de las más graves y frecuentes de nuestro tiempo. Hay formas de vida cuya inmoralidad radical, aunque no visible, «consiste en suprimir de la vida elementos con los que tendría que contar».

    En algunos se hace realidad la afirmación de Von Balthasar de que quienes quieren vivir «una libertad sin ley» caen en una «ley sin libertad»: la del ansia incontenible de tener siempre más. Hay dos «elementos» de los que no se puede prescindir sin negarse como hombre o fallar como cristiano: los que nos necesitan, y la llamada de Dios a la superación espiritual, que Juan de la Cruz expresaría como «unión con Dios».


    ¿Entendiste la moraleja? “Beber lo suficiente para el día, sin querer acabarse el río o el charco o el mar de un sorbo”. ¿No pides en el padrenuestro “Danos hoy nuestro pan de cada día”? ¿Entonces para que quieres tener asegurado el pan para todos los días de la semana, del mes, del año? No seas avaro. Si Dios nos diera más pan que el que necesitamos para el día, seguramente que se endurecería.

    Con el pan de cada día, puedes ser feliz.

    II. LA NOVEDAD DEL MENSAJE DE CRISTO FRENTE A LOS BIENES

    Jesús interioriza más el Decálogo del Antiguo Testamento y radicaliza sus exigencias internas, lo interpreta y lo vive Él mismo desde su entrega total al Padre y a los hermanos y, sobre todo, da a los hombres la gracia de su Espíritu, que transforma desde dentro el corazón humano y lo habilita para que pueda seguirle en el camino de esa entrega, desprendimiento y de confianza plena en las manos de Dios.

    El Decálogo del Antiguo Testamento apuntaba ya a la regularización de las inclinaciones profundas del corazón. Por ejemplo: el primer mandamiento pide al hombre que ame a Dios sobre todas las cosas, con todas las fuerzas. Ese amor no puede referirse a un acto externo, sino a la orientación misma del corazón, que enmarca la vida entera. O también este ejemplo: el Decálogo del Antiguo Testamento, además de prohibir el adulterio, prohíbe desear la mujer del prójimo; y además de prohibir robar o retener injustamente los bienes del prójimo, pretende regular la actitud profunda del corazón en relación a los bienes materiales del prójimo cuando dice: “No codiciarás los bienes ajenos”.

    Después de leer el Nuevo Testamento, quedan claros estos principios:

  • Los bienes materiales son buenos en cuanto creados por Dios para el uso del hombre. Úsalos bien y para lo que Dios quiere: tu propia dignidad y para ayudar a los necesitados. Así vivirás feliz.
  • Las riquezas, no obstante, no dejan de tener carácter ilusorio y peligroso, pues crean un sentido de falsa seguridad y pueden apartar el corazón de Dios. Así se explican estos textos: Mateo 6,24: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Mateo 13,22: La seducción del dinero asfixia el mensaje (la semilla de Dios) y queda sin fruto. Lucas 12, 15-21: La parábola del rico: “¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?”. El apego a la riqueza pone en jaque tu felicidad.
  • Jesús deja bien claro además la necesaria conversión del corazón, para poder poner en su lugar la riqueza. El deseo inmoderado de riqueza genera la envidia que puede conducir al hombre a cometer los mayores crímenes, como le pasó a David, como ya antes te dije56 . Y la envidia es destructora de la felicidad interior.
  • Y una vez convertido, urge compartir tus bienes con el necesitado. Si no, corre peligro la salvación del alma. El apego a la riqueza no permite escuchar la palabra de Dios. Aquí las riquezas se convierten en un ídolo que pretende dar la felicidad y la salvación, pero que es creador de muerte. Por eso Jesús dice “Es imposible servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6, 24).

    Jesús mismo vivió una vida pobre, desprendida. Fue una opción suya, para así ponerse en las manos de su Padre y darnos ejemplo de vida.

    Pero algo importante que hizo Jesús: predicó su amor también para con los ricos. Jesús no es un resentido u obsesivo por la pobreza. Sabía gozar de los bienes de la vida, no rehuía los círculos de los ricos y aceptaba sus invitaciones a los banquetes, hasta el extremo de que sus enemigos pudieron motejarle de “glotón y bebedor”. Si pide al joven rico que abandone sus posesiones y se las dé a los pobres, el verdadero motivo de tal exigencia es el seguimiento de Jesús, no el desprecio de los bienes materiales. También a los ricos les anunció la buena noticia del Reino, pues confiaba en su capacidad de conversión: “Es imposible para los hombres, mas para Dios todo es posible” (Mateo 19, 26).

    Jesús propone no sólo el desapego y renuncia a la riqueza, sino también la distribución de los bienes entre los pobres. “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres” (Mateo 19, 21).

    Jesús, además, da importancia a la limosna y a las obras de misericordia corporal, como elementos del seguimiento y así participar del Reino de Dios (Marcos 10, 21; Mateo 6, 2-4; Lucas 3, 11). Algunos pasajes, como el elogio de la viuda que da todo lo que tenía para vivir (Lucas 21, 1-4), conciben la limosna como un compartir todos los bienes propios con los necesitados, un compartir que va más allá del cálculo casuístico de lo superfluo. Esto lo entendieron muy bien los primeros cristianos, según se nos narra en los Hechos de los apóstoles.

    El mensaje del Nuevo Testamento es la invitación a la generosidad y al desprendimiento del corazón. San Pablo llega a afirmar que “la raíz de todos los males es la avaricia” (1 Timoteo 6, 10). En cambio, invita repetidamente a la generosidad como imitación de Cristo, que “siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 Corintios 8, 9-15).

    ¿Cuáles son las verdaderas riquezas de la Iglesia, hoy que se echa en cara los tesoros del Vaticano?

    Te contaré un hecho histórico para que sepas dónde están las verdaderas riquezas de la Iglesia.

    En el año 258, el emperador Valeriano promulgó un edicto por el que todos los obispos, sacerdotes y diáconos habían de ser inmediatamente detenidos y juzgados. El Papa Sixto II fue uno de los primeros en ser encarcelado. Sixto había confiado el tesoro de la Iglesia al diácono Lorenzo -de origen español, por cierto-, con instrucciones precisas para distribuirlo todo entre las viudas y los huérfanos si fuera preciso.

    Así sucedió, en efecto, y Lorenzo vendió todos los vasos sagrados. Cuando e1 Papa era conducido al suplicio. Lorenzo lo seguía con lágrimas en los ojos. Le aseguró que había ya cumplido sus órdenes y sintió no acompañarle en el sacrificio. El Papa le anunció que no tardaría también él en padecer por Cristo.

    A los pocos días el diácono Lorenzo fue arrestado. El prefecto le exigió la entrega de los tesoros de la Iglesia.

    - La Iglesia es en verdad, muy rica -dijo Lorenzo.

    Y añadió:

    - Yo te enseñaré sus tesoros, pero has de darme un poco de tiempo para recogerlos.

    Obtenido el permiso, fue en busca de las viudas, huérfanos, inválidos y ancianos a quienes la Iglesia socorría con gran caridad. Los reunió en hileras, y a continuación los llevó ante el prefecto:

    - He aquí los tesoros de la Iglesia.

    No tardó Lorenzo en conocer el martirio.

    ¿Ya entendiste dónde están los auténticos tesoros de la Iglesia?

    Ahí te va otra anécdota para que la saborees.

    Cuando el hombre se encuentra en el umbral de la eternidad, riquezas y honores bien poca cosa dicen. Estando a la muerte uno de los principales generales de Luis XIV, el rey, que le distinguía con particular aprecio, en reconocimiento de sus gloriosos servicios, le hizo llevar el bastón de mariscal de Francia.

    El general, tomando con mano temblorosa la insignia que se le ofrecía, exclamó:

    - Muy hermosa es, majestad, pero me será inútil en el país adonde voy.

    Enseguida la dejó y tomó un crucifijo que cubrió de besos.


    III. ¿CUÁLES SON LOS PECADOS CONTRA ESTE DÉCIMO MANDAMIENTO?

    Déjame contarte el cuento del rey Midas, narrado por Nathaniel Hawthorne.

    Había una vez un rey muy rico que se llamaba Midas. Tenía más oro que nadie en el mundo, pero siempre estaba preocupado por tener más.

    Pasaba largas horas del día en sus arcas, contemplando y contando sus monedas, observando su brillo mientras las dejaba deslizar suavemente entre sus dedos.

    El rey tenía una hija llamada Caléndula, a quien quería muchísimo y, aunque no tenía nunca tiempo de jugar con ella o contarle cuentos, por estar ocupado en pensar cómo obtener más dinero, la veía con ternura y siempre le decía que sería la princesa más rica del mundo.

    A Caléndula, el oro la tenía sin cuidado. Ella disfrutaba en el jardín con sus flores, el canto de los pájaros y el brillo del sol sobre el estanque.

    Un buen día, mientras Midas contaba su dinero, se le apareció un personaje vestido de blanco quien le preguntó si estaba satisfecho por ser tan rico.

    - ¿Satisfecho?, de ninguna manera, contestó el rey. Tengo mucho oro, pero no es nada en comparación con todo el oro que existe en el mundo.

    El personaje le preguntó:

    - ¿Serías feliz si pudieras convertir en oro todo lo que tocaras?

    - Por supuesto, contestó el rey. Con eso he soñado toda la vida. Estoy seguro de que sería completamente feliz si pudiera convertir en oro todo lo que tocara.

    - Muy bien, respondió el extraño visitante, desde mañana tu deseo se hará realidad.

    Al día siguiente Midas despertó y en cuanto tocó las sábanas de su cama, éstas se convirtieron en oro. El rey no cabía en sí de la felicidad. Bajó las escaleras tocando todo lo que encontraba a su paso y todo se convertía en oro puro. Salió al jardín y tocó las rosas de su hija y los pájaros, los cuales inmediatamente se convirtieron en estatuas de oro.

    Cansado, decidió el rey sentarse a desayunar, pero al tocar el jugoso melocotón que quería comer, éste se volvió en oro y el rey no pudo comerlo. Intentó beber un poco de leche, pero también le resultó imposible, pues la leche también se convirtió en oro al contacto con sus labios.

    El rey comenzó a entristecerse, pues tenía sed y hambre, y no podía saciarlas. En ese momento entró su hija Caléndula, quien lloraba porque sus flores ya no olían y sus pájaros ya no cantaban por ser de oro.

    El rey la abrazó para consolarla y al instante la niña se convirtió en una estatua de oro.

    Midas comenzó a llorar amargamente. Comprendió que en esta vida hay miles de cosas que valen más que todo el oro del mundo: el olor de las rosas, el canto de los pájaros, el sabor de un melocotón y la sonrisa en los labios de su hija. Su ambición le había llevado a perder todo lo que más amaba en el mundo.

    Moraleja: la felicidad no está en tener más oro.

    Vemos ahora los pecados contra tu felicidad.

    1. Avaricia o codicia

    a) Definición: Es el amor desordenado a los bienes terrenales (nuestro dinero, casa, hijos, cosas). Avaricia es el acaparamiento desordenado de bienes materiales. El desorden puede estar:

  • En la intención: desear las riquezas por ellas mismas, como un fin y no como un medio para poder vestir y alimentar a la propia familia y para ayudar a la Iglesia y a los más necesitados.
  • En la manera de conseguir esa riqueza; por ejemplo con ansiedad, por todos los medios posibles (a veces ilícitos y malos), dañando al prójimo, la propia salud, la de nuestros empleados, si somos jefes, haciéndoles trabajar más horas de las debidas.
  • En la manera de usarla, sólo para ti, todo para ti, en vez de usarla para los más necesitados, en obras de caridad, de sanidad.

    b) Malicia de la avaricia: La avaricia en ocasiones puede ser grave porque es una señal de falta de confianza en la providencia de Dios (si damos para los demás no nos quedamos con nada); es, además, una falta contra la caridad; hay excesiva confianza en ti mismo.

    Todo esto es muy grave porque se llega a convertir al dinero en ídolo. Nadie puede servir a Dios y al dinero (Mateo 6, 24).

    c) Consecuencias:

  • Una gran desazón interior, intranquilidad.
  • Te impide volar hacia la santidad, te ata aquí abajo.
  • Te impide hacer apostolado, que es misión del bautizado.
  • Tu corazón queda aprisionado.

    Al igual que Midas echó a perder su vida convirtiendo en oro hasta a su propia hija, también nosotros podemos echar a perder lo que más amamos si nos dejamos llevar por la codicia.

    A tu alrededor puedes ver a cientos de niños y jóvenes que viven como huérfanos, debido a que sus padres dedican todo su tiempo a conseguir más dinero y se olvidan de dedicar un tiempo a sus hijos. Estos padres han convertido el amor en una estatua de oro y han dejado de disfrutar de las sonrisas de sus hijos por el ansia desmedida de dinero.

    Puedes ver cientos de familias divididas en la vida diaria por el exceso de bienes materiales: cada hijo tiene su propio cuarto, su propia televisión y tal vez su propio auto y su propio chofer. Estas pobres familias ricas han cambiado la riqueza que sólo se obtiene en la diaria convivencia con la familia, por objetos fríos e inertes. En estas familias, aunque sean numerosas, cada miembro vive en la más cruda soledad.

    Puedes ver también miles de personas que simplemente ya no disfrutan nada de lo bonito del mundo por estar preocupados por sus bienes materiales.

    Por ejemplo: el señor que no duerme por pensar si suben o bajan sus acciones en la bolsa de valores; el joven que no disfruta de las reuniones, ni pone atención en clases por pensar que le pueden robar su coche que dejó estacionado en la calle; la jovencita que ya no quiere ir a las fiestas con sus amigos, porque se siente avergonzada por no tener el atuendo de moda; el niño que ya no sabe jugar con su imaginación porque sus padres le compran juguetes nuevos todos los días, juguetes que le atrofian la mente y la imaginación y le impiden disfrutar del canto de los pájaros, de la hormiga que se esconde, de la mariposa que vuela en el jardín. Estos niños siempre están insatisfechos y son mucho menos felices que aquellos que cuentan sólo con lo necesario.

    Dios no desea esto para el hombre y por eso le da el décimo mandamiento. Él quiere que busquemos la felicidad donde sí la podemos encontrar y no quiere que perdamos lo más valioso que tenemos por buscar tener más y más bienes materiales.

    d) Remedios:

  • reflexionar en que las riquezas no son fin sino medios que Dios te da para remediar tus necesidades y las de los demás.
  • reflexionar que eres administrador y no dueño de tu riqueza y que has de dar cuenta de lo usado o abusado, como así también de las cualidades que debes poner al servicio de Dios. El apostolado pone a prueba esas cualidades.
  • reflexionar que el dinero es pasajero, efímero, que hoy lo tienes y mañana lo puedes perder.
  • reflexionar que el dinero no lo llevarás a la otra vida y en cambio llevarás las obras buenas que has hecho. Si fueras prudente atesorarías para el cielo y no para la tierra (Mateo 6, 19-20). Pon todo en manos de Dios. Las manos de Dios son más seguras que un banco o mil acciones de bolsa y que cualquier empresa que puede quebrar.
  • cultivo de la pureza del corazón y del desprendimiento interior. Cuanto más puro, más desprendido serás.

    Sobre la avaricia te traigo esta anécdota.

    Cierto día un mercader ambulante iba caminando hacia un pueblo. Por el camino encontró una bolsa con 800 dólares. El mercader decidió buscar a la persona que había perdido el dinero para entregárselo pues pensó que el dinero pertenecía a alguien que llevaba su misma ruta.

    Cuando llego a la ciudad, fue a visitar a un amigo.

    - ¿Sabes quién ha perdido una gran cantidad de dinero? - le preguntó a éste.
    - Sí, sí. Lo perdió Juan, nuestro vecino, que vive en la casa del frente.

    El mercader fue a la casa indicada y devolvió la bolsa. Juan era una persona avara y apenas terminó de contar el dinero gritó:

    - ¡Faltan 100 dólares! Esa era la cantidad de dinero que yo te iba a dar como recompensa. ¿Cómo lo has agarrado sin mi permiso? Vete de una vez. Ya no tienes nada que hacer aquí.

    El honrado mercader se sintió indignado por la falta de agradecimiento. No quiso pasar por ladrón y fue a ver al juez.

    El avaro fue llamado a la corte. Insistió ante el juez que la bolsa contenía 900 dólares. El mercader aseguraba que eran 800. El juez, que tenía fama de sabio y honrado, no tardó en decidir el caso. Le preguntó al avaro:

    - Tú dices que la bolsa contenía 900 dólares, ¿verdad?
    - Sí, señor - respondió Juan.
    - Tú dices que la bolsa contenía 800 dólares - le preguntó el juez al mercader.
    - Sí, señor.
    - Pues, bien -dijo el juez- considero que ambos son personas honradas e incapaces de mentir. Te considero honrado a ti porque has devuelto la bolsa con el dinero, pudiéndote quedar con ella. También considero honrado a Juan, porque lo conozco desde hace tiempo. Esta bolsa de dinero no es la de Juan; la de él contenía 900 dólares. Ésta sólo tiene 800. Así pues, quédate tú con ella hasta que aparezca su dueño. Y tú, Juan, espera que alguien te devuelva la tuya.

    ¡Vaya moraleja puedes sacar de este ejemplo!


    2. La envidia, hermana de la codicia

    a) Definición: Es una pasión desordenada que nos lleva a sentir tristeza al ver y constatar el bien ajeno, las cualidades del otro, el coche del otro, la novia del otro, el pantalón del otro, la casa del otro, etc. Es muy sutil. Lo peor de todo es que se desea que ese bien desaparezca, se desea el mal al otro, por eso es un pecado capital. Pensamos que ese bien nos disminuye. Es más, el envidioso se alegra cuando le va mal al otro, que tenía tantas cualidades.

    b) Distingue estos términos

  • celos: se defiende el propio bien de uno con amor excesivo y temor de ser superado por los otros.
  • emulación: es un sentimiento laudable, bueno, que nos mueve a imitar, igualar y si es posible, por amor a Dios, superar los talentos buenos de los demás, por medios legítimos. Para que sea buena la emulación tiene que ser:

    + honesta en su objeto, es decir, querer las cualidades del otro y no los vicios;
    + noble en su intención, es decir, por amor a Dios; no se debe hacer para ser más que los demás, que sería orgullo, ni para humillar a los demás (falta de caridad).
    + legal en el procedimiento, no usar la astucia, la intriga, sí el esfuerzo. Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo, decía san Pablo.

    c) Origen: La envidia tiene su origen en la soberbia que es, junto a la sensualidad, madre de los demás pecados.

    d) Malicia de la envidia: en sí es un pecado muy grave porque se opone a la virtud de la caridad que es la principal virtud de un cristiano, que te manda alegrarte del bien del prójimo. Cuanto más envidias mayor es el pecado. Santo Tomás decía que la envidia de los bienes espirituales del otro es pecado gravísimo. Suscita odio, calumnia, murmuraciones, deseos malos, siembra divisiones, impulsa a la búsqueda inmoderada de riquezas.

    e) Remedios contra la envidia

  • alegrarte de los triunfos de compañeros.
  • fomentar la emulación buena entre tus amigos.
  • pedir la gracia de Dios para que te conceda un corazón grande, magnánimo, generoso.

    No olvides que la avaricia y la envidia acaban teniendo efectos destructivos en el propio hombre, le alienan y, sobre todo, le cierran a la Palabra de Dios y a los valores novedosos de su Reino. Le roban la felicidad interior.

    Una forma muy actual de alienación y de infelicidad es el consumismo, que reduce la vida humana a un mero consumo de bienes materiales y te hace sordo para los valores espirituales. Por eso es tan necesario esforzarse en implantar estilos de vida que abran a los hombres a la búsqueda de la verdad y del bien, así como a la comunión con los demás hombres para un crecimiento común.

    El precepto de desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos. Espero que tú quieras entrar en el cielo, que es tu destino definitivo. Acuérdate de lo que dice la Sagrada Escritura, que aunque uno viva en abundancia, su vida no está asegurada con sus bienes (Hechos 12, 13). Serías un insensato, si quieres atesorar bienes para ti y no te enriqueces ante Dios57 .

    Por eso, Jesús te invita a poner tesoros en el cielo, a confiar en la providencia del Padre del Cielo. Este abandono en manos de Dios te libera de la inquietud por el mañana (Mateo 6, 25-34). La confianza en Dios te dispone a la bienaventuranza de los pobres, para poder ver a Dios y ser feliz aquí en la tierra con lo que tienes.

    El que ya participa de la vida de Dios en este mundo, por la fe, la esperanza y la caridad, tiene ya aquí “el ciento por uno” (Marcos 10, 30), y vive con la certeza anticipada de la vida eterna. En esto consiste la felicidad y la libertad verdadera, “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8, 21).

    Vivimos en un mundo en el que se cumple lo que ya a principios del siglo XX afirmaba el poeta Thomas S. Eliot: “Parece que ha sucedido algo que no había sucedido jamás…los hombres han abandonado a Dios, no por otros dioses, sino por ningún dios; y esto no había sucedido nunca. Profesan primero la razón, y luego, el Dinero, el Poder, y eso que llaman la Vida, la Raza o la Dialéctica…Desierto y vacío, y tinieblas sobre la faz del abismo…cuando los hombres se han olvidado de todos los dioses, excepto la Usura, la Lujuria y el Poder” (Coros de La Roca, VII).

    En un mundo poseído por esos falsos dioses, la humanidad no se encontrará a sí misma; ni tú encontrarás la felicidad. Al revés, te destruyes, como vemos suceder cada día ante nuestros ojos.

    Sólo un retorno a Cristo, sólo una verdadera conversión del corazón al verdadero bien del hombre, que es Dios, podría poner las bases de una sociedad fundada en el trabajo solidario por el bien común de los hombres, y no fundada en la codicia. Y habría felicidad auténtica.

    ¡Conversión del corazón!

    Ahí te va otra anécdota hermosa:

    Había en el oriente un príncipe riquísimo, pero duro y avaro. Todos sus súbditos lo odiaban.

    Un día llamó a su primer ministro, y le ordenó:

    - Hay que cobrar todos los impuestos.
    - Príncipe -le dijo el ministro-, este año la gente perdió toda su cosecha, y se muere de hambre; la gente no puede pagar impuestos.

    El príncipe gritó:

    - ¿Crees que estoy loco? Yo no voy a perder todo este dinero.

    El ministro preguntó:

    - ¿Cómo debo emplear el dinero de los impuestos?
    - Tú verás lo que es más urgente reparar en mi palacio, y repáralo.

    El ministro inspeccionó el palacio; vio algunas paredes descuarteadas. Pero el problema más grave era el disgusto general del pueblo.

    Y concluyó: En verdad es urgente hacer algunas reparaciones profundas.

    Luego partió para cobrar los impuestos.

    Pero en las ciudades y poblados el ministro pregonaba: -¡Este año el príncipe les perdona a ustedes todos los impuestos!

    Por todas partes, hubo regocijo y fiesta. El primer ministro regresó.

    El príncipe le preguntó:

    - ¿Dónde está el dinero?
    - Príncipe, ya lo gasté en reparar lo más urgente del palacio.

    E invitó al príncipe y a su corte a ver las... “reparaciones”. Al salir del palacio, una enorme multitud rodeó al príncipe, entre aplausos y gritos:”¡Viva nuestro príncipe! ¡Que Dios lo bendiga a él y a su familia!”.

    El príncipe preguntó al ministro por qué tanta fiesta a su alrededor.

    El ministro le explicó:

    - Porque ya se han hecho las reparaciones más urgentes al palacio. Príncipe, me di cuenta que los daños más graves no estaban en los muros, sino en los corazones; era urgente recobrar la alegría que brota de la bondad; y encendí esta alegría perdonando a todo el pueblo los impuestos.

    En medio del incontenible alborozo popular, aparecieron finalmente en el rostro del príncipe las primeras lágrimas y las primeras sonrisas de felicidad.

    ¿Quién se atrevería hoy a imitar este caso?


    IV. A MODO DE RESUMEN

    “No amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6, 19-21).

    Puedes disfrutar de los bienes de este mundo con moderación: “todo es bueno” para el bien tuyo personal y el de tu familia. En el cielo no habrá pobreza: “tierra que mana leche y miel”. Los bienes son medios, no son fin. El único fin en tu vida es Dios, estar en comunión con Él. Dios es la única y verdadera riqueza. Si pierdes a Dios, eres el más pobre y miserable del mundo.

    El deseo inmoderado de riquezas te puede inducir a cometer todo tipo de crímenes, como ya advertía el poeta pagano Virgilio (Eneida 3,53) y, con más autoridad, San Pablo (1 Tm. 6,10). San Gregorio Magno menciona hasta seis desórdenes morales que nacen de la avaricia, que después Santo Tomás sintetiza en éstos.

  • La avaricia hace perder la sensibilidad hacia la desgracia del prójimo.
  • El avaro a fin de conseguir la riqueza recurre, si es necesario, a la violencia, al engaño doloso, e incluso al perjurio; cede al fraude en los negocios y llega hasta la traición de las personas, como es el caso de Judas (Suma Teológica, Parte II-II, cuestión 108, artículo 8).
  • El deseo inmoderado de riqueza genera la envidia, que puede conducir al hombre a cometer los mayores crímenes. San Agustín dice: “De la envidia nace el odio, la maledicencia, la calumnia, el desear el mal del prójimo”.
  • El deseo desordenado de riqueza cierra el corazón del hombre a la semilla de la Palabra de Dios y a los valores del Reino.

    Me preguntarás qué debe hacer la autoridad al respecto. La autoridad debe poner los medios para fomentar una mejor prosperidad pública y mejorar el nivel de vida del pueblo, con una justa distribución de la riqueza. Los padres deben procurar los bienes convenientes para asegurar a sus hijos un buen porvenir. Los poseedores de riquezas deben cuidar de su mayor rendimiento y de su acertada inversión para crear otras fuentes de riqueza y nuevos puestos de trabajo, en conformidad con las necesidades del bien común. Todos debemos cooperar, con nuestro trabajo, al mayor bienestar y prosperidad pública y privada. Pero el deseo de riquezas debe estar moderado por la virtud de la justicia distributiva y social. Y no podemos aspirar a ellas sino por medios lícitos y con fines honestos.

    El deseo inmoderado de riquezas con fines egoístas y medios injustos provoca luchas sociales e incluso guerras entre las naciones. Codicia es la idolatría del dinero. Es un deseo de poseer sin límites que lleva a la explotación del prójimo, o a no compartir los bienes propios con los necesitados. El ansia de dinero puede esclavizar lo mismo al que lo tiene que al que no lo tiene. La Iglesia exalta el desprendimiento de los bienes de este mundo. Pero esto no se opone al progreso que tiende a hacer desaparecer la miseria que impide practicar la virtud de algunos sectores sociales.

    En la enseñanza de la Iglesia, que recoge para el hombre de hoy el valor de los bienes de este mundo tal y como se afirma en la Biblia, Palabra revelada de Dios, esto se expresa diciendo que el derecho de propiedad, aun legítimo, es secundario respecto a otro principio más originario y fundamental: el del destino universal de los bienes de la creación, que ya te expliqué en el séptimo mandamiento. Así los formula la encíclica de Juan Pablo II “Sollicitudo rei socialis”: “Los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho de propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava “una hipoteca social”, es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el destino universal de los bienes” (número 42).

    Sé generoso. Ya sabes que la generosidad es la virtud que contrarresta la avaricia. Es una virtud hermosa y de almas grandes, nobles y desprendidas. Esta virtud puede ser llamada también liberalidad. Virtud que tiene que ver sobre todo con los bienes temporales, o, para decirlo más precisamente, con el dinero y la riqueza. La liberalidad, te dice santo Tomás, no es sino “el recto uso de dichos bienes materiales” (II-II, 117, 1 c). La sede específica de la liberalidad son los afectos, es decir, las actitudes o disposiciones interiores frente a las riquezas. El principio de liberalidad es un cierto desapego, por el que no se desea ni se ama tanto al dinero, que uno se cierre a toda generosidad con el prójimo

    El gran filósofo griego Aristóteles dirá que “quien tiene la virtud relativa al dinero, usará de él rectamente” (Ética a Nicómaco, libro IV, cap. 1).

    ¿Qué es lo que se puede hacer con el dinero? El dinero se puede recibir y se puede dar, se puede acumular y se puede prodigar. La liberalidad regirá el buen uso que se haga del mismo. El hombre liberal58 sólo recibirá y dará cuando deba y en la cantidad que corresponda, enseña Aristóteles, lo mismo en las cosas pequeñas que en las grandes.

    Hermosamente ha dicho el Papa san León que allí donde Dios encuentra la liberalidad “reconoce la imagen de su propia bondad” (Sermón, Sobre la cuaresma, 11, 5). Y Clemente de Alejandría: “En realidad, el hombre bienhechor es la imagen de Dios” (Stromata II, 19). Por tanto, la fuente última de esta virtud de la liberalidad está en Dios, que es infinitamente generoso. Nos ha dado todo. No se ha reservado nada.

    Dios Padre nos da lo mejor que tiene: a su propio Hijo. Su Hijo Jesucristo nos da todo, hasta su propia vida. El Espíritu Santo nos da sus santos dones para santificarnos. En Dios todo es generosidad.

    Mediante la práctica de esta virtud, el hombre se convierte en el instrumento al que Dios recurre para que los bienes de la tierra no se estanquen y se queden en unos cuantos, sino que fluyan y lleguen a todos.

    Te invito a ser generoso. Da tu dinero. Da tus cualidades. Da tu tiempo. Y, sobre todo, date a ti mismo, a ejemplo de Cristo.

    La generosidad brotará, si conoces las necesidades de los hombres, del mundo, de la Iglesia, de los pobres. Si vives metido en ti mismo, serás un tacaño, un avaro, un mezquino. Siempre será cierto aquel refrán que dice: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

    Me sirve esta anécdota para aclararte esto:

    En una ocasión, un rey de un lejano país, pensando en que era necesario que su pequeño hijo conociera las necesidades de su pueblo, tomó al pequeño heredero y lo llevó a dar un paseo por el campo.

    - Hijo, quiero que conozcas lo que es la pobreza. Algún día serás rey y te servirá esta experiencia para poder conducir mejor tu reino.

    Tomó entonces al pequeño príncipe y lo llevó a dar un largo paseo en el carruaje real. En el camino, el pequeño observaba las casas, los otros niños, las parcelas de cultivo. En un punto del camino, pararon en una casa escogida al azar y se acercaron a saludar a los súbditos que ahí moraban, y entre los que se encontraban unos alegres niños que correteaban y jugaban con su perro mascota.

    Sorpresivamente fueron invitados por los dueños de esa
    humilde vivienda a compartir con ellos sus precarios alimentos, los cuales
    degustaron todos con alegría. Nuevamente emprendieron su camino por aquellas vías del reino y pronto los sorprendió la noche.

    Entonces el rey decidió emprender el regreso a palacio. Al llegar a su residencia, el padre preguntó al pequeño:

    - Hijo mío, ahora, pues, has conocido lo que es la pobreza. ¿Qué me puedes decir al respecto?

    Lo que el pequeño soberano contestó, dejó al padre absorto:

    - Padre, gracias por esta gran lección que me has dado. He podido apreciar la paz y felicidad con la que viven nuestros súbditos. He sentido la frescura del campo, la belleza de la libertad, la armonía que se vive en sus hogares. ¡Qué dicha poder admirar el cielo como se ve en los campos, qué alegría ver las aves volar por los cielos, los animales correr por la campiña! ¡Cómo quisiera yo poder tener una mascota con quién jugar! ¡Cuánto desearía tener unos hermanitos como aquellos con los que compartí la comida!
    Sería inmensamente feliz si todos los días pudiera admirar la puesta del sol
    como hoy y como nuestros súbditos la aprecian todos los días...
    ¡Qué razón tenías, padre, cuánta riqueza hay en el mundo, y cuánta pobreza nos
    aqueja a los príncipes!... Gracias, padre, por haberme permitido darme cuenta de
    cuán pobres somos y cuán ricos son nuestros súbditos. Espero que ellos me
    permitan compartir su riqueza cuando yo sea su rey.

    Ciertamente la visión humilde de los niños nos enseña y descubre riquezas que en los adultos nos es difícil apreciar.

    ¿Qué te ha parecido?

    Pon tus tesoros en el cielo donde no hay polilla ni herrumbre que corroen, ni ladrones que roben. Abandónate en la providencia del Padre del cielo, para que goces de una gran paz del corazón, liberado de angustias y apegos. Él, que es tu Padre, nunca te va abandonar. ¡Eres su hijo!

    No dejes que la amargura de corazón corroa la paz de tu alma y te quite la felicidad. Aunque la vida sea dura y la queja asome a tus labios debido a tu pobreza, no dejes que la amargura se apodere de tu corazón. Esfuérzate por mejorar tu situación y satisfacer tus necesidades, pero sin amargura.

    Esfuérzate, sí, por conseguir riqueza; pero siempre por medios lícitos; no con espíritu de rebeldía, ni de odios, sino con espíritu cristiano, con fe en la Providencia de Dios, y sin olvidar que en esta vida no se puede hacer desaparecer el sufrimiento y las posibles carencias materiales. Por otra parte, no olvides que no consiste la felicidad en amontonar dinero sino en cumplir su voluntad y amar a los demás.

    Es mucho más importante hacer buenas obras, pues el premio eterno del cielo vale más que todo el oro del mundo. Si creyéramos esto de verdad, pondríamos mucho más empeño en practicar el bien.

    Los trabajos fisiológicos de Bert sobre el oxígeno, necesario para nuestras células, han demostrado que si las células están faltas de él, padecen y mueren; pero un exceso, también les es nocivo, porque les resulta convulsivo. Es decir, que nuestro organismo está hecho para una medida; y lo mismo resulta nocivo una carencia que un exceso. Lo mismo que ocurre con el oxígeno, ocurre con el azúcar, el calor o la libertad.

    Tan perjudicial es una carencia como un exceso. Y también con los bienes materiales. Lo mismo que hay un mínimo económico vital, debería fijarse un máximo vital no sobrepasable para poder permanecer en el equilibrio humano. En los países donde el progreso ha alcanzado metas altísimas, y una libertad de costumbres sin freno, han resultado hombres cansados de vivir. Por eso en ellos se multiplican tanto los suicidios. Por tanto, el dinero no da la felicidad.

    La Iglesia tiene sus razones cuando enseña una ascética de lucha y de vencimiento propio. Esta superación del hombre sobre sí mismo, aunque exige esfuerzo y sacrificio, llena también de satisfacciones la vida. La felicidad no está en tener muchas cosas, sino en saber disfrutar de lo que se tiene y en compartirlo. La felicidad brota de lo más íntimo de nuestro ser. Quien busca la felicidad fuera de sí mismo es como un caracol en busca de casa.

    Ahí te va una anécdota.

    ¿Dónde está la felicidad?

    En el principio de los tiempos se reunieron varios demonios para hacer una de las suyas.

    Uno de ellos dijo: - Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué?

    Después de mucho pensar uno dijo: - ¡Ya sé! Vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar.

    Propuso el primero: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente repuso otro: "No, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está". Luego propuso otro: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro contestó: "No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará". Uno más dijo: "Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra". Y le dijeron: "No, recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad".

    El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás. Analizó cada una de ellas y entonces dijo: - Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.

    Todos voltearon asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?". El demonio respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera que nunca la encontrarán". Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo en su corazón.

    La felicidad no está en poseer cosas. La felicidad está en tu interior, en la riqueza de tu corazón noble y generoso.

    ¿Conoces la historia de la espada de Damocles?

    Damocles fue un cortesano adulador de Dionisio I, tirano de Siracusa. Se pasaba el día alabando la riqueza, magnificencia y felicidad del tirano. Un día Dionisio tuvo la idea de invitarle a un espléndido banquete, en el que los criados servían a Damocles como si fuera el mismo rey.

    Pero encima de su cabeza pendía una espada del techo, sujeta tan sólo por una crin de caballo. Horrorizado, nervioso, Damocles no lograba llevar a la boca nada. No podía apartar de su mente un instante la visión de aquella espada que en cualquier momento amenazaba con caer sobre su cabeza. Pidió permiso para retirarse cuanto antes. Bien se dio cuenta de la lección que acababa de darle: el tirano Dionisio no era tan feliz como parecía, pues no se le ocultaba que en cualquier instante podía terminarse su reinado.

    La alegría es posible en todas las circunstancias de la vida. Los que no la encuentran es porque la buscan donde no está. En lugar de buscarla en uno mismo, la buscan en cosas exteriores que dejan el corazón vacío, y después viene el tedio y la tristeza. La felicidad está en disfrutar de lo que tenemos, y no en desear lo que no podemos tener. Acuérdate de aquel que se quejaba porque no tenía zapatos, y yendo por la calle vio a uno que no tenía pies, y se dijo: “¡Qué tonto y egoísta soy! Yo, quejándome de que no tengo zapatos, y éste hombre, sonriente, no tiene pies, y no se queja”.

    Te contaré lo siguiente.

    Estaba Dios sentado en su trono y decidió bajar a la tierra en forma de mendigo sucio y harapiento. Llegó entonces el Señor a la casa de un zapatero y tuvieron esta conversación:

    - Mira que soy tan pobre que no tengo ni siquiera otras sandalias, y como ves están rotas e inservibles. ¿Podrías tú reparármelas, por favor, porque no tengo dinero?

    El zapatero le contestó:

    - ¿Acaso no ves mi pobreza? Estoy lleno de deudas y estoy en una situación muy pobre; y, ¿aun así quieres que te repare gratis tus sandalias?

    - Te puedo dar lo que quieras si me las arreglas.

    El zapatero con mucha desconfianza dijo:

    - ¿Me puedes dar tú el millón de monedas de oro que necesito para ser feliz?
    - Te puedo dar 100 millones de monedas de oro. Pero a cambio me debes dar tus piernas ...
    - Y, ¿de qué me sirven los 100 millones, si no tengo piernas?

    El Señor volvió a decir:

    - Te puedo dar 500 millones de monedas de oro, si me das tus brazos.
    - Y, ¿qué puedo yo hacer con 500 millones, si no podría ni siquiera comer yo solo?

    El Señor habló de nuevo y dijo:

    - Te puedo dar 1000 millones, si me das tus ojos.
    - Y dime; ¿qué puedo hacer yo con tanto dinero, si no podría ver el mundo, ni podría ver a mis hijos y a mi esposa para compartir con ellos?

    Dios sonrió y le dijo:

    - Ay, hijo mío; ¿cómo dices que eres pobre si te he ofrecido ya 1600 millones de monedas de oro y no los has cambiado por las partes sanas de tu cuerpo? Eres tan rico y no te has dado cuenta....

    Tú también podrías protestar como este ejemplo que te narro.

    “Soy un hombre rico. Me propongo demandar a la revista `Fortune´, pues me hizo víctima de una omisión inexplicable.

    Resulta que publicó la lista de los hombres más ricos del planeta y en esta lista no aparezco yo. Aparecen, sí, el sultán de Brunei, que tiene una fortuna estimada en 37 mil millones de dólares, y aparecen también los herederos de Sam Walton, con 24 mil y Takichiro Mori, con 14 mil. Figuran ahí también personalidades como la Reina Isabel de Inglaterra, con 11 mil millones de dólares; Stavros Niarkos con 4 mil.

    Sin embargo a mí no me menciona la revista. Y yo soy un hombre rico, inmensamente rico. Y si no, vean ustedes. Tengo vida, que recibí no sé por qué, y salud, que conservo no sé cómo. Tengo una familia: esposa adorable que al entregarme su vida me dio lo mejor de la mía; hijos maravillosos de quienes no he recibido sino felicidad; nietos con los cuales ejerzo una nueva y gozosa paternidad.

    Tengo hermanos que son como mis amigos, y amigos que son como mis hermanos. Tengo gente que me ama con sinceridad a pesar de mis defectos, y a la que yo amo con sinceridad a pesar de mis defectos. Tengo cuatro lectores a los que cada día les doy gracias porque leen bien lo que yo escribo mal. Tengo una casa, y en ella muchos libros (mi esposa diría que tengo muchos libros, y entre ellos una casa). Poseo un pedacito del mundo en la forma de un huerto que cada año me da manzanas que habrían acortado aún más la presencia de Adán y Eva en el Paraíso.

    Tengo un perro que no se va a dormir hasta que llego, y que me recibe como si fuera yo el dueño de los cielos y la tierra. Tengo ojos que ven y oídos que oyen; pies que caminan y manos que acarician; cerebro que piensa cosas que a otros se les habían ocurrido ya, pero que a mí no se me habían ocurrido nunca. Soy dueño de la común herencia de los hombres: alegrías para disfrutarlas y penas para hermanarme a los que sufren.

    Y tengo fe en un Dios bueno que guarda para mí infinito amor. ¿Puede haber mayores riquezas que las mías? ¿Por qué, entonces, no me puso la revista `Fortune´ en la lista de los hombres más ricos del planeta?”.


    Disfruta lo que tienes. Agradece a Dios lo que tienes. Comparte lo que tienes, y serás feliz. Y nunca olvides: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino”.


    Resumen del Catecismo de la Iglesia católica

    2551 “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mateo 6, 21).

    2552 El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

    2553 La envidia es la tristeza que se experimenta ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.

    2554 El bautizado combate la envida mediante la benevolencia, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

    2555 Los fieles cristianos “han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias” (Gálatas 5, 24); son guiados por el Espíritu y siguen los deseos del Espíritu.

    2556 El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. “Bienaventurados los pobres de corazón” (Mateo 5, 3).

    2557 El hombre que anhela dice: “Quiero ver a Dios”. La sed de Dios es saciada por el agua de la vida eterna.



    Del Compendio del Catecismo de la Iglesia católica

    531. ¿Qué manda y qué prohíbe el décimo mandamiento?
    Este mandamiento, que complementa al precedente, exige una actitud interior de respeto en relación con la propiedad ajena, y prohíbe la avaricia, el deseo desordenado de los bienes de otros y la envidia, que consiste en la tristeza experimentada ante los bienes del prójimo y en el deseo desordenado de apropiarse de los mismos.

    532. ¿Qué exige Jesús con la pobreza del corazón?

    Jesús exige a sus discípulos que le antepongan a Él respecto a todo y a todos. El desprendimiento de las riquezas –según el espíritu de la pobreza evangélicas- y el abandono a la providencia de Dios, que nos libera de la preocupación por el mañana, nos prepara para la bienaventuranza de “los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos” (Mt.5,3)

    533. ¿Cuál es el mayor deseo del hombre?
    El mayor deseo del hombre es ver a Dios. Éste es el grito de todo su ser “¡Quiero ver a Dios!”. El hombre, en efecto, realiza su verdadera y plena felicidad en la visión y en la bienaventuranza de Aquel que lo ha creado por amor, y lo atrae hacia sí en su infinito amor.



    LECTURA: Extraída de un sermón de san Bernardo sobre la envidia

    “Es la envidia un pesar, un resentimiento de la felicidad y prosperidad del prójimo. De aquí que nunca falte al envidioso ni tristeza, ni molestia. ¿Está fértil el campo del prójimo? ¿Su casa abunda en comodidades de vida? ¿No le faltan ni los esparcimientos del alma? Pues todas estas cosas son alimento de la enfermedad y aumento de dolor para el envidioso…

    Así como los buitres, que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrados por el olor de cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de las partes sanas van a buscar las úlceras; así también los envidiosos no miran ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras buenas, sino en lo podrido y corrompido; y si notan alguna falta de alguno (como sucede en la mayor parte de las cosas humanas) la divulgan, y quieren que los hombres sean conocidos por sus faltas.

    Los perros se hacen dóciles con el alimento que se les da, y los leones, cuando se los cura, se hacen tratables; pero los envidiosos se hacen más insufribles y más ofensivos con los obsequios y beneficios…El envidioso ni halla médico para su enfermedad ni puede encontrar medicina alguna que le libre de este mal, por más que las Santas Escrituras estén llenas de semejantes remedios. El único alivio que espera es el ver caer a alguno de aquellos a quienes envidia.

    Así como el dardo arrojado con gran fuerza, cuando choca en una parte dura y resistente se vuelve contra el que le arrojó, así también los movimientos de los envidia, sin que perjudiquen al envidiado, se convierten en heridas par el envidioso. Porque, ¿quién por angustiarse y afligirse disminuyó los bienes del prójimo? Antes bien, el que se entristece por el bien de los demás, a sí mismo es a quien asesina.

    No nace en el corazón del hombre vicio más pernicioso que el de la envidia, la cual, sin dañar a los extraños, es ante todo un mal, y mal interior para el que la tiene. Porque así como el orín roe y destruye el hierro, así también la envidia roe y consume al alma a quien infesta. Y así como dicen que las víboras nacen desgarrando el vientre materno, así también la envidia suele devorar el alma que la fomenta.

    Los envidiosos llevan retratado en su cara el mal de que adolecen. Sus ojos son áridos y sombríos, los párpados caídos, contraídas las cejas, el ánimo inquieto por torvo afecto y faltos de un juicio recto para apreciar la verdad” (San Basilio, Homilía sobre la envidia).
    1. Nomadismo es el estado social de las épocas primitivas o de los pueblos poco civilizados, consistente en cambiar de lugar con frecuencia.regresar
    1. Hoy la moral católica dice que es una virtud cardinal o moral, junto con la prudencia, la templanza y fortaleza.regresar
    1. Vuelve a leer 2 Samuel capítulos 11 y 12regresar
    1. Consulta Lucas 12, 16-21; Eclesiástico 11, 19.regresar
    1. Entiende bien esta palabra “liberal”, es decir, el hombre que practica la virtud de la liberalidad que estoy explicando. Por tanto, “liberal” aquí no significa el hombre que ha hecho del liberalismo su código de conducta. Una cosa es liberalismo y otra cosa es liberalidad. regresar

    jueves, 7 de febrero de 2013

    RESPONSABILIDAD


    Elementos básicos de la experiencia religiosa

    Ser humano multidimensional: dualidad sustancial alma cuerpo.
    Biopsicosocial trascendente.

    Lo sagrado en la historia humana
    A lo largo de todas las épocas se afirma que hay fuerzas trascendentes cuya imperceptibilidad no obsta a que sean sumamente poderosas: pirámides, Partenón, monumentos a los dioses para afirmar su existencia y su presencia. Kukulcan baja y fecunda la tierra en chichen.
    * Orientan a los destinos humanos.
    * Alteran procesos de la naturaleza
    * No son del terreno ético, social
    * Son del terreno del misterio

    Escatología: nos indica que todos los pueblos han pensado en las fuerzas imperceptibles que dominan al mundo, la ciencia de lo que está por suceder, la ciencia que nos dice cómo será el cielo y el infierno, el libro del apocalipsis en el nuevo testamento.

    Lo sagrado
    Es lo inexplicable y, al mismo tiempo, lo que justifica, sin recurrir a procesos mentales lógicos, la relación de la parte con el todo, del individuo con el mundo. “explica mi relación con el mundo y mi relación con dios, las vacas son sagradas porque representan maternidad y fertilidad”

    La calidad de lo sagrado tan inexplicable como poderosa, recibe diferentes nombres según los pueblos y justifica la inviolabilidad y el respeto a los santuarios, que son el lugar en que lo trascendente se ha manifestado.
    “lugares, tiempos, objetos, personas, palabras, imágenes sagradas”.

    Experiencia universal
    ¿la grandeza del universo?, ¿significados de la naturaleza?, ¿Relación con los demás?, ¿Qué es el hombre?, ¿quién soy yo?, ¿cuál es el sentido de la vida?

    Divinidad
    Ser supremo, misterioso, próxima/lejana= inmanente/trascendente “dios está conmigo, pero es trascendente a mi”, Creador* (monoteístas), sostiene en cuanto acontece en la vida humana, trascendente.

    Experiencia religiosa

    Expresión comunitaria experiencia en grupo, la autoridad
    “compartir la fe, ritos, signos”
    *Pedro es el primado de la iglesia católica al ser nombrado por cristo como la autoridad, su seguidor. El papa. Los que COMPARTAN la idea son parte del grupo religioso.

    Expresión practica actos que son cultos, símbolos
    “forma de hacer el culto”

    Expresión teórica teoría, doctrina, normas…

    El sentido de la vida es para muchos algo no muy importante ya que solo quieren ser felices de cualquier forma sin darse cuenta que toman un camino erróneo o un camino que va en otra dirección. Se muestra como se puede encontrar un sentido a nuestra vida y como encontrar lo que realmente nos afecta o nos apoya para engrandecer nuestra propia personalidad. No se hable más a continuación los aspectos que debes encontrar en tu vida para encontrarle sentido y no desorientarte.







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    EL SENTIDO DE LA VIDA

    El sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día a otro y de una hora a otra, lo que importa es el sentido concreto de la visa de un individuo en un momento determinado.

    No deberíamos perseguir un sentido abstracto de la vida, pues a cada uno le reserva una precisa misión, un cometido a cumplir; su tarea es única como única es la oportunidad de consumarla.

    Si consideramos que cualquier situación plantea y reclama del hombre un reto o una respuesta a la que sólo él está en condiciones de responder. La vida pregunta por el hombre, cuestiona al hombre, y éste contesta de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida.

    La logoterapia considera que es la capacidad del ser humano para responder responsable a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular.
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    LA ESENCIA DE LA EXISTENCIA

    El imperativo categórico de la logoterapia: “Obra así, como si vivieras por segunda vez lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora”, en primer lugar, que el presente ya es pasado y, en segundo lugar, que ese pasado es factible de modificarse y enmendarse. La fuerza a elegir por qué, de qué o ante quién se siente responsable; decidir si debe interpretar su existencia como una responsabilidad ante la sociedad o ante su propia conciencia.
    La logoterapia no es una labor docente ni misionera. Se encuentra tan lejana del razonamiento lógico como la exhortación moral, la verdad se impone por sí misma. La misma argumentación permite afinar que la autentica meta de la existencia humana no se cifra en la denominada autorrealización. La autorrealización por sí misma no puede situarse como meta. “La visión del mundo se convierte en menosprecio del mundo”. “auto trascendencia de la existencia”1.
    Cuanto más se afana el hombre por conseguir la autorrealización mas se le escapa de las manos, la autorrealización no se logra a la manera de un fin, más bien como el fruto legitimo de la propia trascendencia.

    Podemos descubrir o realizar el sentido de la vida según tres partes:
    * REALIZANDO UNA ACCIÓN
    * ACOGIENDO LAS DONACIONES DE LA EXISTENCIA
    * POR EL SUFRIMIENTO

    1 “Ser hombre significa trascender a sí mismo. La esencia de la existencia humana yace en su auto trascendencia. Ser hombre significa desde siempre estar preparado y ordenado hacia algo o alguien, entregarse a una obra a la que el hombre se dedica, a un set que ama o a Dios, a quien sirve (La voluntad del sentido). (N. del E.)”

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    EL SENTIDO DEL AMOR

    El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad e un hombre, se es capaz de contemplar los rasgos y trazos esenciales de la persona amada.
    Mediante el amor, la persona que ama posibilita al amado la actualización de sus potencialidades ocultas.
    El que ama ve más allá y le urge al otro a consumar sus inadvertidas capacidades personales.
    Es un fenómeno tan primario como el sexo, el sexo se considera un medio para expresar la experiencia de esa fusión absoluta y definitiva que es el amor.

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    EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

    Cuando uno se enfrenta con su destino indudable, inapelable e irrevocable; entonces la vida le ofrece aceptar el sufrimiento. El valor no reside en sí, sino en la actitud frente al sufrimiento, en nuestra actitud para soportar ese sufrimiento. El sufrimiento deja de ser sufrimiento, en cierto modo, en cuanto encuentra un sentido, como suele ser el sacrificio. El sentido es posible sin el sufrimiento o a pesar del sufrimiento. Para que el sufrimiento confiera un sentido ha de ser un sufrimiento inevitable, absolutamente necesario.
    La psicoterapia tradicional tiende a restaurar en la persona la capacidad para el trabajo y para disfrutar la vida. La logoterapia avanza un paso más al pretender que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera necesario, y por ello encontrarle un sentido al sufrimiento.
    Edith Weisskofp-Joelson, profesora de psicología de la universidad de Georgia dice: “nuestra actual filosofía de la higiene mental enfatiza la idea de que las personas deberían ser felices, por ello la infelicidad inevitable, del incremento del sentido de desdicha por el hecho de no ser plenamente feliz”2. Pretende que la logoterapia “logre contribuir a contrarrestar algunas trascendencias sin deseables en la cultura estadounidense actual, donde el paciente incurable se le conceden pocas oportunidades para sentirse orgulloso de su sufrimiento y de considerar que lo ennoblece en vez de degradarle”, de tal modo que “no sólo se siente infeliz, sino además se avergüenza de serlo”3.
    El sentido de la vida es de carácter incondicional, pues incluye también hasta el sentido potencial de un sentimiento ineludible.
    Definitivamente el sobrevivir perdía su sentido, porque la vida cuyo sentido ultimo depende al azar o de la casualidad para mantenerse vivo seguramente no merece la pena ser vivida.
    2 “Some Comments on Vienese School of Psychiatry”, The Journal of Abnormal and Socail Pshycology, (1995), pp. 107-703.
    3 “Logoteherapy and Existencial Analysis” Acta psychoterap, 6 (1958), pp. 193-204.

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    CONCLUSION

    El sentido de la vida no es algo abstracto que se pueda responder de manera científica, ya que son tres factores los que influyen que se busque ésta, apoyado por la logoterapia el sentido de la vida se logra viviendo los factores de realizar una acción, también el amor y por su puesto el sufrimiento.

    Desgraciadamente para lograrlo tenemos que sufrir o pasar por un momento desagradable que sea forzoso pero al lograr pasar este pequeño obstáculo podremos decir lo bien que nos fue, así como narrar la experiencia vivida.

    Querer es poder, si realmente queremos encontrarle un sentido a nuestra vida necesitamos encontrar cada aspecto y sobrepasarlo, así no tendremos porque preocuparnos de una desorientación emocional.

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    GLOSARIO

    LOGOTERAPIA: Es una modalidad de psicoterapia que propone que la voluntad de sentido es una motivación primaria del ser humano, una dimensión psicológica inexplorada por paradigmas psicoterapéuticos anteriores, y que la atención clínica a ella es esencial para la recuperación integral del paciente.
    PSIQUE: f. Alma humana.
    CONMOCIÓN: f. Movimiento o perturbación violenta del ánimo o del cuerpo.
    EPIFENÓMENO: m. Psicol. Fenómeno accesorio que acompaña al fenómeno principal y que no tiene influencia sobre él.
    PATOLÓGICA: Que se convierte en enfermedad.
    AXIOMA: m. Proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración.









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    BIBLIOGRAFIA

    http://es.wikipedia.org/wiki/Logoterapia

    http://www.rae.es/rae.html

     

    LA RELIGIÓN Y EL SENTIDO DE LA VIDA

     

    LA RELIGION Y EL SENTIDO DE LA VIDA.

    “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive.” (Dostoievski)

    “A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia.”
    (Arthur Schopenhauer)

    “No os espante la muerte; o extermina o transforma vuestra existencia.” (Séneca)

    “Estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con el conocimiento, el sentido, de la maravillosa estructura de la existencia. Con el humilde intento de comprender aunque más no sea una porción diminuta de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.”
    (Albert Einstein)

    Es evidente que la pregunta acerca de cuál es el sentido de la vida es una constante a lo largo de toda la historia del hombre. Sin embargo, en 40.000 años de existencia humana no hemos obtenido sino especulaciones, hipótesis, reflexiones…, quizás sea porque ni siquiera podemos comprender realmente qué es la vida; la vida no se puede entender, sino que la vida se hace inteligible solamente desde sí misma.

    Asimismo, la palabra sentido puede entenderse de distintos modos: como fundamento (¿qué fundamenta mi vida?, ¿por qué vivimos?); como finalidad (¿hacia dónde nos dirigimos?, ¿para qué vivimos?); o como valor (¿realmente merece la pena vivir?).
    En definitiva, plantearse el sentido es preguntarse de qué sirve vivir una vida humana siendo consciente de ello y afrontando el problema crucial de la temporalidad y la muerte.
    Las posibles respuestas que se han dado se pueden agrupar en distintas posturas: en un extremo están los nihilistas, que niegan que la vida tenga sentido. Da igual lo que hagas porque siempre termina de la misma manera: con la muerte; las concepciones vitalistas exaltan el hecho mismo de vivir y la expansión de la vitalidad; las visiones inmanentistas entienden que la vida tiene sentido, y que consiste en la realización del individuo; y por último, las posturas transcendentes son aquellas que entienden que la realización plena del ser humano excede los límites de la historia. La verdad y la virtud del hombre sobrepasan el horizonte de la historia humana, habiendo por tanto una esfera superior a ésta. Éstas son las concepciones antropológicas de las religiones, que fueron la primera respuesta del hombre al problema del sentido de la vida.

    La religión no es resultado de una convención entre hombres, sino que es algo inherente a la naturaleza humana: el hombre es un animal religioso. Pero el comportamiento religioso del hombre, entendido en su base antropológica, va mucho más allá del marco de las religiones que profesa. Yo creo que siempre hay momentos en los que todas las personas, cristianos o budistas, creyentes o ateos, necesitamos un dios, algo en lo que refugiarnos, algo donde buscar respuestas, consejos, redenciones. La figura de un dios, de un ser superior, de un espíritu absoluto, surge con el hombre, con la mente humana. La religión es posible, y necesaria, debido a la capacidad exclusiva del hombre de cuestionarse las cosas, de preguntarse un por qué, un para qué.
    Pero, a mi parecer, ha de haber algo anterior a esas preguntas que las motive, algo que nos encienda la curiosidad. Y ese algo consiste en que sentimos una profunda admiración por el mundo, por la vida. Una vehemencia aun por cualquier pormenor, que nos lleva a la exclamación de cómo se ha llegado hasta aquí, de cómo puede ser esto que experimento ahora mismo. Nos maravilla nuestra propia existencia.
    Y esa fascinación que nos causa el hecho mismo de ser, de existir, de vivir, de sentir, está arraigada profundamente en nosotros, con una presencia latente en todo momento. Incluso cualquier trivialidad que hacemos o pensamos nos hace caer en la cuenta de lo extremadamente compleja y abstrusa que es la existencia.
    Sin embargo, la respuesta a esas preguntas no tiene cabida en nuestra mente. Supera la realidad humana en todas sus dimensiones. Esas preguntas son producto de la mente humana, pero, paradójicamente, su respuesta nos resulta inconcebible, incluso para lo que yo considero los aspectos más fascinantes de la mente: la imaginación y las creencias.

    Como he dicho antes, en la cuestión del sentido de la vida son fundamentales la temporalidad y la muerte. Si nos remontamos en el tiempo, si nos ponemos a pensar en cómo se creó el mundo, siempre tendemos a establecer (por nuestra propia naturaleza) un principio. Pero lo cierto es que no podemos.
    Si miramos hacia delante ocurre lo mismo. Cuando pensamos en qué hay después de la muerte, nos damos cuenta de que la vida, en sí misma, no acabará nunca, se perpetuará eternamente.
    Por tanto nos hallamos ante algo que no tiene principio ni fin. Y debido a nuestra naturaleza perecedera, no podemos ni siquiera imaginar la idea de infinitud, de eternidad. Nos evoca una sensación terrible de incertidumbre. Es como un laberinto del pensamiento donde nunca alcanzas el final, es un abismo al que caes y nunca más podrás salir.
    Es por esta impotencia aprehender lo infinito por lo que establecemos un principio y, especialmente, un final, algo después de la muerte que fundamente nuestra vida, que nos permita redimir el abismo de la eternidad, a la vez que nos exonera del carácter inextricable e intrincado de la existencia.
    Con esto, establecemos un Ser en sí, una causa incausada, el fundamento de lo real: Dios.
    Por lo tanto la religión tiene el objeto de determinar la relación entre el hombre y el universo. Los nombres con que el ser humano ha tratado de aprehender esta realidad inasible son innumerables, desde Maná hasta el Brahmán o el Padre. Siempre, el ser humano ha intentado expresar con ellos la idea de una potencia trascendente al mundo que es capaz de mantener con los seres humanos y con su mundo una relación activa.
    La religión, por tanto, responde a las disposiciones y necesidades naturales del hombre que le llevan a sentirse unido a lo “otro” o a los otros: es la vivencia de la re-ligación (religión, del latín religatio, sustantivación de religare = “religar, vincular, atar unir”).

    Sin embargo, todo lo dicho hasta ahora sobre la religión se podría aplicar igualmente a la filosofía, concretamente a la Metafísica. La diferencia es que en la religión el dios es un dios personal del que uno tiene experiencia individual, experiencia que remite al misterio.
    En Lo Santo, Rudolph OTTO entiende que la Metafísica y la Religión tienen el objeto común de determinar la relación del hombre con el Universo, pero considera que esta relación sólo puede ser captada por la experiencia, por el sentimiento de dependencia del Universo y de Dios, que es la esencia de la religión. OTTO afirma que el hombre religioso tiene la experiencia de lo numinoso (del latín numen = “majestad divina”):
    Lo numinoso, el objeto religioso, no es definible ni comprensible; es algo transcendente, colocado siempre más allá de toda forma posible de ser mundano; es algo santo, que provoca respeto y consideración (así, religio puede ser interpretado en el sentido de observantia, de “actuar con atención y con cuidado”); tiene carácter de fascinante y a la vez de tremendo, que conmueve a las personas, atrayéndolas y repeliéndolas respectivamente, concerniendo siempre directa e íntimamente al ser humano y al sentido de su existencia; es Sagrado: Sacrum designa lo separado, lo apartado de lo común, escapando a toda norma.
    Se entiende pues, por religión, la relación en cuya virtud la persona se abre inapelablemente a lo misterioso, sagrado e incondicionado. Y lo numinoso, es, en definitiva, un misterio, que es el núcleo común de todas las religiones; y en base a ese misterio muchos autores consideran que el origen de la religión está en ese terror o miedo que los seres humanos experimentan ante lo inexplicable e indomeñable.
    Por tanto, en lo que tiene de inaprehensible, el misterio tan sólo puede ser captado a través de sus propias manifestaciones y expresiones, esto es, a través de los símbolos y mitos mediante los cuales se autorrevela: el símbolo es un signo que tiene un sentido oculto tras su significado inmediato y manifiesto. Otra definición muy acertada es la propuesta por el discípulo de Freud, Carl Jung, como “la mejor formulación posible de una cosa relativamente desconocida”. El mito es una narración simbólica que cuenta el relato de un acontecimiento ocurrido en un tiempo primordial “distinto” del nuestro y que justifica el nuestro. A través de los símbolos y las narraciones los creyentes se identifican con su religión y les remiten a un significado distinto para cada persona. No se puede sustituir el símbolo por una interpretación; sería un intolerable empobrecimiento.

    Pero además del papel de ubicar al hombre en el mundo y darle un sentido con lo numinoso, las religiones tienen también una dimensión cultural, como manifestación de la peculiar forma de relacionarse con lo sagrado. Así surgen dogmas y tabúes o prohibiciones relacionadas con los límites entre lo sagrado y lo profano, y también los ritos religiosos, que cumplen la función de relacionar esos dos ámbitos: los tradicionales ritos de paso marcan además el tránsito a un nuevo estado en el que la persona podrá realizar nuevas acciones (matrimonio, primera comunión…). Estos ritos son, para mí, muy importantes para la identidad propia de las personas, especialmente para la juventud, y actualmente, sobre todo en la sociedad occidental, se están perdiendo.
    Así, de todos estos dogmas, tabúes y normas surge la moral religiosa, que marca las actitudes que se deben tomar ante la vida, la manera de comportarse de los creyentes de una determinada religión. Es por tanto, una moral heterónoma. Y esto, en mi opinión, es un problema, porque muchas personas que profesan una religión (otras analizan las normas y las aceptan) no son críticas con las normas que les son impuestas, sino que hacen esto o lo otro “porque lo dice La Biblia o El Corán”, “porque es tradición”, o, “porque es pecado”.

    Con esto se puede ver que la religión aborda múltiples dimensiones del hombre.
    En la dimensión antropológica el misterio puede ser concebido como Dios o como lo divino, como Padre Providente o como Destino Fatuo, simbolizando el misterio, convocándolo y dejándose convocar por él, el creyente define el significado de su puesto en el cosmos y da sentido a su propia existencia. La religión tiende a concretar ese sentido en la figura de un dios personal, creador y providente; a convertir ese fundamento personal en alguien en quien se confía como garante último de la inmortalidad personal.
    Además actúa también en la dimensión moral y ética marcando las directrices a seguir, estableciendo un sistema de valores y costumbres religiosas.
    Por último, resuelve el problema del origen del mundo y de la vida, y también el de la muerte. Esto supone un grave problema si se cae en el error de consolarse en esta vida pensando en la recompensa de ultratumba.

    Por tanto queda claro que la religión es muy útil para el hombre, en tanto que le proporciona un apoyo psicológico existencial necesario. Pero también es un hecho que la gente ya no tiene esa “fe inocente” que tenía en siglos anteriores. Sea por el avance de la ciencia, por el desarrollo intelectual de las personas o por el creciente número de sectas y falsas religiones, lo cierto es que la fe está desapareciendo, y la religión permanece como una costumbre, una cultura o el marco de la vida doméstica.

    Como conclusión final, creo, personalmente, que ni la ciencia, ni la filosofía, ni la religión podrán aportarnos jamás una respuesta acerca del sentido de la vida, ni tampoco eximirnos de su pregunta.
    Quizás, el sentido de la vida, sea, precisamente, la búsqueda del mismo.

    JUAN JIMÉNEZ CAUHÉ 2º C
    25.04.2010

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